"Estoy aquí para hacer el bien"

CIUDAD DE MÉXICO. María Concepción Villa y Jesús Barroso creyeron que perderían a su primer hijo. El parto se prolongó demasiado. El ginecólogo supo que su colega había utilizado los fórceps para expulsar al niño del vientre. A la madre le administraron el coctel lítico y no supo más hasta entrada la noche, cuando un médico de guardia se presentó para informarle que el bebé difícilmente sobreviviría: tenía fracturas en el cráneo, la mandíbula, la clavícula y derrame cerebral. Milagrosamente, después de 20 días en la incubadora, la familia dejó el sanatorio.

Gerardo fue un niño introvertido. El primogénito es 11 meses mayor que su primer hermano. Reconoce que es probable que se haya sentido desplazado, pero gracias a eso volteó hacia sí mismo. 

Entró a la primaria a los cinco años, a la secundaria a los 11 y a la preparatoria a los 14. Aunque en temporadas la escuela se complicó por su inmadurez, no tuvo mayor problema. Tenía el ejemplo de su madre –bióloga y doctora en pedagogía– y de su padre, ginecólogo con doctorados en filosofía y pedagogía. El médico también le transmitió a su hijo su amor por la pintura y la música. Gerardo toca desde chico el piano y la guitarra. Tiempo después se pulió con el saxofón, y tiene una maestría en composición musical en el Colegio de Música de Berklee. 

Hacia el final de la preparatoria, trabajó durante las vacaciones en Sabritas, empresa que entonces dirigía su tío, Ángel González. Fue un empleo formativo. Lo mismo acudía a juntas con los directivos que acompañaba a los traileros a pesar los vehículos vacíos y cargados de maíz. Por primera vez, entendió que vivía en un país de contrastes. “Me di cuenta de que era un privilegio tener familia, casa y educación, así que volví a la escuela y me convertí en un estudiante extraordinario”.

Barroso ingresó a medicina en La Salle y terminó su internado en el Hospital ABC. Aprendía rápido y era, en efecto, un alumno fuera de serie. Los resultados de sus exámenes –como interno– superaban a los de los residentes.

Tras los pasos de su padre, pasó una larga temporada en la Armada de México. Se embarcó en Mazatlán, sede de un Hospital Naval. Cuenta divertido que se presentó “catrincito”, de traje y maleta en mano, a la Octava Zona Naval Militar. Abordó el Buque de Guerra Bravo 08, el “Zacatecas”, un barco que llevaba y traía a los presos de las Islas Marías. 

Pronto supo el doctor que le esperaba una vida dura a bordo. Varios de sus compañeros eran consumidores de drogas. No había espacio en las galeras para su maleta, que apretujó debajo de la litera. Su papá le había dado dos consejos, uno de los cuales no había comprendido hasta ese momento: “No bebas, y no toques la guitarra”. 

Eran rudos los días en que salía franco. No tenía a dónde ir. Rentó un cuarto en una colonia pobre, la Juárez, y, hastiado y acalorado, se tumbaba sobre el colchón a ver girar el ventilador. 

Cuando los superiores pasaban revista, se les exigía presentarse impecablemente arrechados, con el uniforme pulcro y la barba lisa. El comandante sacaba una credencial y la arrastraba mentón por mentón. Si escuchaba un sonido rasposo, el responsable podía considerarse arrestado.

Se le quebró la voz la primera vez que llamó a sus padres. Todo muy bien, le mintió a su madre. A su padre le contó que la cosa estaba fea. “Vente”, le contestó. En su casa lo esperaban, siempre. “Si no me lograba sobreponer a eso, no podría con nada después”. 

Poco a poco, el acondicionamiento físico y el adoctrinamiento de los marinos endurecieron al muchacho. Por debajo del Comandante, encabezaban la jerarquía el oficial de navegación –que lleva el rumbo del barco por las noches– y el oficial de interiores. A Barroso lo nombraron en el segundo cargo. Era el responsable de la seguridad del buque.

De Mazatlán fue a Guaymas. El barco necesitaba reparaciones. Los marinos levantaron la nave sobre las aguas y cada tripulante recibió una pala larga, la rasqueta, para limpiarle la panza al monstruo, cubierta de algas y de conchas. Cuando no había mayor actividad, Barroso tenía la opción de reportarse en el sanatorio naval. Ahí conoció a un dentista, el teniente Rodríguez, con quien paseaba y con quien despilfarraba su haber, su sobrehaber y hasta su bono.

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